viernes, 26 de diciembre de 2008

Cuento Xna

EL VIEJO JOSÉ

Salí de casa y lo vi. Un manojo de recuerdos me activó la memoria y le prendió fuego. Estaba vivo; a pesar de la centena que tendría, estaba vivo. Venía enclenque, apoyado en un bastón, y tan indefenso, que lo creí un fantasma, o una mala jugada de mi inconsciente. Pero no, era él. Los fantasmas estaban, sí, bailoteando a mi alrededor. Hasta estaba mi viejo. Sin bailar, claro, jamás lo hubiese hecho, ni aunque estuviera vivito y coleando. Qué iba a bailar si el pobre era un agrete. El único que lo sacaba de su estado de pena innata era José. Hasta le inducía sonrisas antes de...

Hoy, este anciano sin remedio que es José, no provoca más sonrisas sino lástima.

 

La vida es una mierda, chaval, perdóname. Fue lo último que me dijo desde el suelo, escupiendo sangre. Al día siguiente desapareció del barrio y de la vista de todos sus conocidos.

Yo entonces tenía veinte años, y para mí la vida era hermosa, un conjunto de joda, minas, fasos y alguna que otra changa para mantenerme sin pedirle guita a nadie. No era una mierda. Él hizo que le notara esa cara sucia y maloliente, por eso lo odié tanto. En verdad, él era una inmensa bolsa de excremento, el muy cabrón.

 

La convivencia de mis padres sí que podía llamarse una basura. De pibe no entendía cómo, al odiarse de tal manera, terminaron casándose. Imaginaba que quizás alguna vez habían estado ciegos de amor, y un día recuperaron la visión, desechándose. Eran enemigos de guerra, vivían en guerra, en una de esas frías, como la de los rusos y los yanquis. No se animaban a golpearse por temor a traspasar los propios límites, a cambio se herían en silencio: los gestos, las miradas, los rictus agrios clavados en sus caras decían lo que callaban. Hasta que venía José. Él los sacaba de la oscuridad, por separado.

Mi vieja, que decía quererlo como a un padre –el de ella había muerto y era gallego, igual que José--, se esmeraba en atenderlo cada vez que él caía de visita. Ponía en el combinado discos traídos de Galicia, muñeiras, jotas, yo qué sé, eso que a mí me rompía la cabeza, porque me embolaban las gallegadas. El asunto es que no me quedaba otra que aguantarlas y observarlos.

A José, que por entonces no era muy viejo aunque yo lo viera como tal, se le encendía la cara y el cuerpo. La agarraba a mi madre y comenzaban a bailar. Zapateaban, cantaban, ella revoleaba las faldas, él palmeaba al son de la música largando sus olé, niña, ale, a cada rato. Daba gusto verlos, parecían recuperar la felicidad, la infancia. Gusto y cierta picazón me daba a mí, porque aunque era chico, advertía que algo más había entre la música y esos dos. Hasta que llegaba mi viejo del laburo. Ahí se acababa todo.

Nunca supe cómo hacía José para pasar de la mayor bulla a la prudente compostura, acoplándose a la reserva de mi padre y a su pesadumbre. La cuestión es que lo hacía, para luego dar vuelta la cosa en un santiamén, cambiando la cara de traste del viejo por otra de interés. La charla se iniciaba con anécdotas de tiempos idos, y terminaba infaliblemente en la política, lugar de donde salían a las puteadas, porque uno era comunista y el otro fascista. Pero nunca faltaban las bromas de José ante la ofuscación de mi padre, consiguiendo hacerlo sonreír. En ese punto recién se iba, una vez instalada la paz en casa, porque se daba cuenta de que si persistía el mal humor de mi viejo, a mi madre y a mí el resto de la tarde se nos iba a complicar.

Según papá, se estimaban. Si bien ya estaba acostumbrado a las paradojas, me pregunté varias veces cómo era posible que ellos, tan contrapuestos, se tuvieran aprecio. Ya mayor, a mis veinte, entendí que el de José no era sincero, ni siquiera era aprecio sino conveniencia a sus fines. Fue cuando lo terminé reventando a trompadas. La cosa era grave, desleal. Indigna.

Enseguida me fui de casa. Papá murió al poco tiempo de mi partida. Lo descubrió todo y le estalló el corazón, llevaba demasiada pena acumulada para soportar otra de tal envergadura. A mi madre no le dirigí más la palabra. Ni cuando mi prima me dijo que se estaba muriendo quise verla. Para mí seguía siendo una puta.

Hoy la entiendo, pero no sirve. A los muertos no se les puede pedir perdón, no oyen. Tampoco hablan, ni para justificarse ni para indultar, ni para volver a decir mi chiquito...

 

Ahora el viejo José trastabilla justo delante de mí. Lo atajo antes de que sus huesos se rompan contra la vereda, entonces se me deshace entre los brazos de tan frágil y flaco que está. Me mira con ojos casi ciegos y una mueca desdentada a modo de sonrisa. Gracias, hijo, dice sin voz. Tomándolo del brazo lo ayudo a cruzar la avenida. Lo despido con un Tenga cuidado, abuelo, y sigo caminando, rodeado de fantasmas.

Cristina Stoppello

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