Sufrimiento
Media hora después de haber levantado vuelo el avión, un sórdido dolor de muela decidió acompañarme en el viaje. Nunca podía haber sospechado la odisea que estaba por vivir.
En Zurích , junto a mi compañero de viaje, un técnico en maquinaria textil, abordamos un avión de la compañía aérea de la Republica Democrática Alemana, hacia la ciudad de Leipzig, en Alemania Oriental; era la primera vez que iba a estar en un país comunista.
Casi todos sabemos lo desesperante de un dolor de muelas pero esa vez rebasó mi límite.
Además de nosotros, solamente viajaba un ciudadano hindú; el resto del avión estaba vacío, lo que causaba una sensación especial. Durante todo el vuelo soporté estoicamente el dolor; ningún analgésico suavizaba mi martirio, Tratando de encontrar algo de positivo, era conciente que ni siquiera pensé en la seguridad de la aeronave en que viajábamos, que realmente era muy dudosa.
Los asientos estaban enfrentados, como acá en algunos trenes, y en el medio poseían una mesa rebatible de plástico; la azafata era una joven muy bonita, con el típico aspecto aspecto de una mujer rusa, bien fornida pero con mucho interés.
Solo hablaba alemán y ruso; aceptamos el refrigerio que se nos ofrecía sin tener idea de lo que se trataba; lo que más nos sorprendió fue el hecho que al abrir la heladera, muy parecida a las de los años 50, tomara los fiambres con la mano para depositarlos, eso sí, elegantemente en los platos; seguramente creía que no la veiamos.
A los pocos minutos de llegar al Aeropuerto de Leipzig, estábamos convencidos que existía una probabilidad de que no volviesemos más a nuestro país; al comprobar la falta de libertad que había tras la cortina de hierro nos surgieron varias dudas.
Vestidos con uniformes color gris acerado; gorras amplias, con viseras enormes, los empleados de aduana y de Inmigraciones no eran personal civil sino militar: solo hablaban alemán y no se preocupaban demasiado en entendernos; revisaron en forma minuciosa cada cosa que teníamos en nuestro equipaje, bajo una luz muy tenue, y luego de casi tres horas de estar en el lugar, sin ninguna explicación y sin pasaporte, solo el arribo del representante de la empresa estatal de maquinarias, que ibamos a tratar de comprar, hizo que nos devolvieran nuestros documentos y pudiéramos dirigirnos al hotel.
Mi dolor no habia amainado y ya instalado, pude averiguar la dirección de una “Clínica Odontológica”, recomendada por el Gerente para situaciones de urgencia como la que yo pasaba.
Al llegar el taxi, le entregué un papel, única manera de entendernos, con la dirección donde debíamos dirigirnos.
--¿ De Buenos Aires verdad? Es imposible no reconocernos.--
Cuando me hizo la pregunta me sorprendí mucho; nunca entendí como, con solo mirarme, pudo darse cuenta.
--¿Ud. de donde es?—la sorpresa me había hecho olvidar hasta de mi dolor.
--Soy argentino, viví más de 20 años en Belgrano; no sabe que contento me pone encontrar un argentino, hay muy pocos por acá—
Entró en una zona de la ciudad que por lo triste y lúgubre, parecía estar abandonada; después de un viaje bastante largo, nos detuvimos frente a una puerta que tenía un letrero rudimentario, donde se leía “Klinic”; me pidió que esperara; abrió la puerta e ingresó por un angosto pasillo que estaba iluminado con una sola bombita de luz, muy débil, colgando de un portalámparas.
Hasta llegar al lugar, la conversación fue del tipo que uno puede mantener con un taxista en Buenos Aires; solo variaba el contenido.
--¿Estas contento trabajando acá?—mi pregunta no fue demasiado original
--Tengo todo lo que nunca conseguí allá; me dan casa, seguridad social, gano
para mantener a mi mujer y mi hijo; no puedo quejarme.
Por suerte llegamos al destino porque me imaginaba el desarrollo si la conversación hubiese seguido.
--Tuvimos suerte de encontrarla, no es nada fácil—
Mientras le pagaba le pregunté si no pensaba que era mejor aguantar el dolor antes de entrar en esa Clínica, que lo que menos inspiraba era un poco de confianza.
--No tenés que preocuparte, los servicios médicos son muy buenos y atendidos
por profesionales de experiencia; tan buenos o mejores que los servicios de las Obras Sociales de Argentina, a pesar de lo que te cobran—
Cuando me bajé del auto, él también lo hizo, se acercó y me dió un abrazo como si yo hubiese sido su hermano, lo que me hizo emocionar; sentí que la vida lo había llevado a vivir tan lejos y en un lugar tan distinto y se notaba el desarraigo que saturaba su alma.
Caminé hasta el final del pasillo donde una escalera me llevó al primer nivel. Por suerte la recepcionista, y enfermera, hablaba algo de inglés y no me costó demasiado hacerle entender mi drama; debía esperar porque había varios pacientes antes; me acompañó hasta otra habitación que era la sala de espera, y me pidió que tomara asiento; ella me llamaría.
La imagen que vi en ese momento es difícil de olvidar; otro portalámparas y una bombita que no sería de más de 25 Watts, para una habitación de unos 30 metros cuadrados; varias mesas de formica, como las que quedan en algunos antiguos bares, estaban ocupadas por una gran cantidad de personas.
Me senté en uno de los pocos lugares libres; 15 minutos después, por un parlante conectado en la sala de espera, se oyó una voz que parecía llamar a alguien en alemán; una señora mayor, se levantó, abrió la puerta, y se dirigió al consultorio del dentista. Un paciente que estaba sentado en mi mesa parecía protestar por algo, y no encontró mejor interlocutor que yo; para peor lo que dijo fue una oración larguísima y de mi parte solo atiné a sonreírle y asentir con la cabeza; por la forma de mirarme supuse que si hubiese expresado un gesto de negación le habría caído mejor.
Por lo triste y lúgubre del entorno tenía la sensación de que Kafka debería haber pasado por ahí alguna vez; aburrido, y para pasar el tiempo, revisé el rostro de cada hombre a ver si encontraba alguno parecido a él.
Un rato después se volvió a escuchar otro nombre; mi problema a esa altura era concentrarme para cuando me llamasen y no distraerme; por lo que tardaban en llamar a cada paciente, calculé que no me tocaría mi turno antes de dos horas.
Creí que el nombre había sonado parecido al mío, y como nadie se movió, me levanté y me dirigí hacia el consultorio. La enfermera, casi una copia de la azafata del avión, lo primero que me pidió fue mi pasaporte, el cual arrojó dentro de un cajón; mi sensación fue que lo hizo de la misma manera en que hubiese tirado una cascara de mandarina a un basurero; finalmente apareció el odontólogo; tendría algo más de 20 años, lo que me agravó mi falta de confianza; me saludó cortésmente, y luego de interiorizarse sobre que hacía en ese país tan lejano y cuanto tiempo permanecería en Leipzig, pasó a concentrarse en revisar mi boca.
Su inglés era mejor que el mío, y nos entendimos perfectamente.
--La única manera de calmarle el dolor es sacarle la muela—
--¿No hay otra solución?Tiene que haber algo intermedio.
--La otra solución es un tratamiento que tardaría un mes.
Al principio me negué pero al pensar que seguiría con ese maldito dolor, le dí mi consentimiento.
Me aplicó anestesia y me mandó nuevamente a la sala de espera.
Unos minutos más tarde me llaman nuevamente.
Ni bien tocó mi muela con su instrumento me di cuenta que no había surtido efecto la aplicación y se lo dije.
--No debe preocuparse, hay algunos problemas con las anestesias pero esto no dolerá-- mi camisa estaba mojada y mis manos parecían recién salidas de una piscina, como nunca las había visto.
Cuando entendí que pretendía sacarme la muela aunque la anestesia no había surtido efecto, asustado, intenté levantarme del asiento y fue cuando sentí que la enfermera, parada atrás del sillón, me tomaba la cabeza con sus dos manos, suave pero firmemente, a la altura de la frente, mientras el dentista proseguía con la extracción; si algo kafkiano me había pasado en mi vida, era lo que estoy recordando..
Pocos ruidos debe haber, mas desagradables, que sentir la quebradura de una muela; el pánico que sentía, junto al dolor insoportable, hicieron que estuviera cerca de perder la conciencia, pero para mi desgracia no sucedió. Todavía no habíamos entrado en la peor etapa: ¡¡la extracción de la raíz !!,:;este es un episodio que es imposible de ser contado, porque para mí significó algo fuera de la compresión de un humano.
Solo quería irme de ese lugar, y hasta el dolor había pasado a segundo plano. Me entregaron un antibiótico y unos calmantes y la enfermera me devolvió el pasaporte.
Todavía me quedaba el tema de pagarle sus honorarios; estaba seguro que me cobraría una cifra importante, más que nada por ser turista .
--¿Que le debo Doctor por su trabajo?—Noté que se miraron sorprendidos con la enfermera.
--Acá todo esto es gratis para la gente, no debe pagarme nada—
Se interesó por conocer como funcionaba la medicina en mi país y conversamos un rato; luego de agradecerle, la enfermera me acompañó hasta la puerta de salida.
--En agradecimiento a su atención sirvase recibir esta compensación---
puse en sus manos una cantidad de billetes que entendía que se merecía.
--¿Nunca entendí por qué los extranjeros quieren darme dinero por haber cumplido con mi deber? –
--Solo lo consideramos como una atención--
--También lo sería si me invita a cenar--
Creí que había entendido, pero no.
Automáticamente había juntado mis manos y trataba de hacer desaparecer mi anillo matrimonial sin que ella lo notara. Su edad estaba cercana a los 40 años.
Luego de cenar me invitó a su casa a tomar café; escuchamos música, tomamos un vino húngaro que me dejó con dolor de cabeza por dos días, y luego me invitó a su dormitorio; nunca había tenido una aventura con una mujer de una cultura tan distinta, pero había sido una verdadera delicia; cuando estábamos a punto de dormirnos, siento que se abre la puerta del departamento; ella se tapa con las sabanas y me dice que no me fuese a mover; nadie hablaba y yo me había quedado paralizado desde antes que me lo pidiera; solo pensaba como no me había dicho que su marido llegaría más tarde.
Se sienten pasos de hombre; cada vez mas cerca, se abre la puerta silenciosa y suavemente y alguien ingresa a la habitación, silbando en la oscuridad.
--¿ Ya se durmieron?--Solo quería saber si el dolor había calmado--.
Nadie le contestó.
--Hasta mañana mamá, que descansen--.
El dentista salió y cerró suavemente la puerta. Yo seguía paralizado.
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¡EXCELENTE FINAL! RECUERDO QUE ESTE CUENTO --MUY BUENO-- LO LEYÓ PABLO EN EL ROCA, PERO LAS MODIFICACIONES LE VINIERON MUY BIEN.
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